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¿Llegan peleados y piden tántra? A veces se arregla, a veces no

Foto del escritor: Gloria Cuevas Gómez.
Gloria Cuevas Gómez.
hace 3 días
3 min de lectura

El auto se estaciona y nadie habla. Ella baja primero, él apaga el motor más fuerte de lo necesario. En el elevador se miran de reojo. Llegan a la puerta con la pelea todavía en la cara y, sin embargo, piden tantra. No un masaje normal. Tántrico. Como si el aceite pudiera deshacer lo que se dijeron hace veinte minutos.

Hay parejas que llegan así. Con el morbo mezclado con el enojo. Quieren que alguien más toque lo que ellos ya no se tocan, o lo que se tocan con rabia. El masaje tántrico se vuelve la excusa: “venimos a reconectar”. A veces es verdad. A veces es solo para no hablar de lo que de verdad está pelado.

Cuándo sí. Cuando el silencio no es de hielo, sino de cansancio. Cuando al entrar se sientan en el mismo sofá, no en esquinas opuestas. Cuando uno dice “quiero que empecemos despacio” y el otro asiente sin drama. El cuerpo, que llegó tenso del tráfico y de la discusión, se suelta cuando las manos no son de la pareja. Hay algo de morbo en que otra persona note la cintura que el otro ya no mira. En que el aceite se escurra y nadie pelee por quién tiene la razón. El tantra aquí funciona porque el cuarto no es la sala de la casa. No hay testigos de la pelea. Solo dos cuerpos que por una hora dejan de ser los que discutieron.

La respiración se sincroniza sin que lo pidan. Una mano en la espalda de ella, otra en la de él, y de pronto el enojo no tiene dónde agarrarse. No es magia. Es que el masaje tántrico obliga a estar presentes. Si sigues pensando en la frase que te soltaron en el auto, las manos se notan. El cuerpo delata. Y cuando el cuerpo se rinde, a veces la pelea se queda afuera. Se van más callados, pero distinto. No arreglado del todo. Solo con ganas de no volver a pelear esa noche.

Cuándo no. Cuando la pelea está caliente. Cuando uno pide tantra para ganar, para que el otro vea cómo se suelta con alguien más. Cuando se miran con esa cara de “ya verás”. El cuarto se pone raro. Las manos trabajan, el aceite está tibio, pero el morbo se vuelve veneno. Uno se tensa más, el otro finge que disfruta. El masaje tántrico no borra lo que se dijeron. Solo lo tapa un rato. Y cuando se acaba el tiempo, la pelea regresa más fuerte porque ahora hay testigo: el cuerpo que sí se soltó, o el que no pudo.

Hay quien llega peleado y a los diez minutos se le escapa una risa. La pelea se desinfla porque el roce no pide explicaciones. Hay quien se queda rígido hasta el final, contando los minutos, con la mandíbula apretada. El tantra no decide. Decide el estado en que llegan. Si la pelea es de esas que se resuelven con un abrazo largo, el masaje tántrico ayuda. Si es de las que necesitan una conversación que duele, el cuarto solo la pospone.

Lo que no se dice es que a veces piden tantra precisamente porque no quieren hablar. Quieren que el cuerpo haga el trabajo. Que el aceite y las manos se lleven lo que las palabras no pueden. Funciona cuando los dos están dispuestos a soltar. No funciona cuando uno quiere que el otro se rinda primero. El morbo está en esa duda: ¿vamos a salir mejor o vamos a salir con más ganas de pelear en el auto de regreso?

Si llegan y el silencio pesa como plomo, mejor un masaje normal, espalda y ya. Si llegan y se miran como si todavía hubiera algo que salvar, el tántrico puede ser el puente. No el arreglo. El puente. El cuerpo recuerda el roce después, cuando ya están en casa y la pelea vuelve a asomar. A veces ese recuerdo basta para no seguir. A veces no. El tantra no promete paz. Solo promete una hora en la que las manos no son las que pelearon.

 
 
 

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