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¿Y ese minuto en que la ropa ya no está y nadie dice nada?

Foto del escritor: Gloria Cuevas Gómez.
Gloria Cuevas Gómez.
hace 15 horas
3 min de lectura

Llegas y el cuarto ya huele a aceite. La toalla está doblada en la orilla de la camilla, limpia, demasiado limpia. Te dicen que te acomodes, que te quites lo que traigas puesto, que te cubras con la toalla si quieres. Y ahí se queda. Nadie se queda a mirar cómo lo haces. Pero el minuto ese no se va.

Te quedas solo con la puerta entreabierta o cerrada, no importa. La ropa que traías de la calle se siente de pronto ridícula. La playera que sudaste en el tráfico, el pantalón que elegiste porque no se arruga. Te los quitas despacio o de golpe, da lo mismo. El aire del cuarto te pega en la piel y te das cuenta de que llevas horas con la misma temperatura. El cuerpo se enfría un segundo y luego se calienta solo.

Ese es el minuto. No es largo. No es espectacular. Es el que no se escribe en ningún chat. El que no pides por WhatsApp porque decirlo suena a algo que no es. Es el momento en que dejas de ser el que llega con prisa y empiezas a ser el que se acuesta. La toalla pesa más de lo que parece. Te cubres o no, y las dos opciones se sienten igual de expuestas.

Porque no es solo quitarse la ropa. Es el silencio que se mete entre la prenda que cae al piso y la mano que todavía no llega. Es saber que alguien va a entrar y va a ver lo que dejaste a la vista o lo que escondiste bajo la toalla. Y que no va a decir nada al respecto. Va a empezar por la espalda, o por los hombros, o por donde siempre se empieza, como si el minuto anterior no hubiera existido.

Pero existió. Y se queda en el cuerpo. Se queda en cómo respiras cuando escuchas el click de la puerta. Se queda en si miras el techo o cierras los ojos antes de que te toquen. Se queda en la vergüenza chiquita de que la ropa quede hecha bola en la silla, o de que la hayas doblado demasiado prolijo, como si eso importara.

En un masaje sensual ese minuto es el que marca el tono. Si lo apuras, el resto se siente forzado. Si lo alargas, el cuerpo se pone más rígido. No hay forma correcta. Hay la forma en que tu cuerpo decide cuando se queda solo con la toalla. Algunos la dejan puesta todo el tiempo. Otros la sueltan en cuanto la mano se acerca. Ninguno de los dos lo anuncia.

Lo que no se dice es que ese minuto también es morbo. El morbo de estar casi desnudo en un cuarto que no es tuyo, esperando a que alguien que no es tu pareja te ponga las manos. El morbo de que la ropa ya no esté y todavía no pase nada. El morbo de que el tiempo pactado no ha empezado oficialmente y ya estás en otra temperatura.

Cuando la puerta se abre y la mano llega, el minuto se acaba. Pero no se borra. Se queda en cómo se acomoda la toalla, en si la piel ya está lista o todavía se resiste un poco. Se queda en el aceite que entra tibio y en la voz que pregunta si la presión está bien, como si eso fuera lo único que se está negociando.

No es. Se está negociando todo lo que pasó en ese minuto en que te quitaste la ropa y nadie dijo nada. Y el cuerpo lo sabe. Lo sabe antes de que la primera pasada baje por la espalda. Lo sabe cuando la respiración cambia sin que nadie lo pida. Lo sabe porque ese minuto incómodo es el que abre la puerta a todo lo demás.

Y cuando se acaba el tiempo y te vuelves a vestir, ese minuto regresa. La ropa de la calle se siente distinta. El cuerpo que se mete en ella ya no es exactamente el mismo que se la quitó. Queda algo en medio. Queda el silencio de ese minuto que nadie escribe y que todos recuerdan.

 
 
 

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