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¿Hasta dónde baja la mano si nadie lo escribió?

Foto del escritor: Gloria Cuevas Gómez.
Gloria Cuevas Gómez.
7 oct
3 min de lectura

La cita se armó como se arman las que dan pena: masaje sensual, hora, puerta. Nada más. En el chat no salió la palabra cadera. Tampoco salió la espalda baja, esa que en la casa ya nadie recorre porque la pareja se acostumbró a dormirse de lado. Lo que no se escribe se queda en el cuerpo, y el cuerpo llega primero.

El cuarto huele a aceite tibio. La luz no está apagada del todo. Hay una toalla, una camilla y ese minuto en que te acuestas boca abajo para no tener que mirar a nadie. La mano empieza donde no compromete: nuca, hombro, el brazo que trae el día encima. Ahí todavía puedes decir que viniste por el cuello. El cuello no miente, pero tampoco es la razón.

El ritmo baja. No es prisa de clínica ni el empujón de quien quiere acabar. Es otra cosa. La palma se queda un segundo de más en la cintura, justo donde la toalla hace frontera. Nadie pregunta. Preguntar lo vuelve trato. El silencio lo vuelve ganas. Y las ganas, cuando no tienen nombre, pesan más.

La mano que se detiene

Ahí está el morbo de verdad. No en lo que sigue, sino en lo que no se decide. Si la mano sube, vuelves al masaje que pediste. Si baja, ya no es la misma cita. El aire cambia. Se oye la respiración. El estómago se aprieta aunque estés boca abajo y nadie te vea la cara. En la casa esa zona se saltaba. Un beso rápido, la luz del pasillo, el teléfono. Aquí alguien se detuvo como si la piel todavía importara.

No hace falta que digas sí en voz alta. A veces el sí es no moverte. A veces es soltar el aire que traías aguantado desde que cerraron la puerta. La persona que te toca lo nota. No porque lea mentes: porque el cuerpo deja de pelear. El hombro baja. La cadera deja de esconderse. Eso también es un recado, y es más honesto que el WhatsApp de las siete.

Hay quien se queda con la duda toda la sesión. Quiere que bajen y al mismo tiempo quiere poder contarse que no lo pidió. Esa doble cara no es hipocresía barata. Es el modo en que muchos llegan: con hambre y con la necesidad de no quedar como el que hambreaba. Un masaje sensual serio no te arranca la frase. Te deja el espacio. Si el espacio se llena, se llena. Si no, la mano regresa al omóplato y nadie te cobra la vergüenza.

Lo que tu pareja ya no nombra

En casa el roce se volvió trámite. La misma zona, la misma hora, o ninguna. No es que deje de querer. Es que dejó de mirar. Cuando otra mano encuentra el hueco entre la costilla y la cadera, no estás comparando técnicas. Estás sintiendo que alguien todavía se pierde ahí. El contraste duele un poco y prende otro poco. Las dos cosas caben en el mismo minuto.

No es un reemplazo. Quien llega peleado a exigir que le arreglen el matrimonio se equivoca de puerta. Esto no discute, no promete cama después, no arma escena de película. Es piel, aceite y un límite que se negocia con el cuerpo, no con un menú. Si en algún punto quieres parar, paras. La seriedad de un lugar se nota en que la mano obedece ese paro sin drama y sin castigo.

Lo que engancha no es el final. Es la espera. El segundo en que la yema se queda en el borde de la toalla y tú decides si esa frontera se mueve. Después, en el carro, el cuello sigue tibio y la pregunta no se fue. No se la mandas a nadie. La traes puesta. Y por eso, días después, vuelves a pensar en esa cintura como si todavía tuviera la marca de una mano que no era la de tu casa.

Si vas a pedir un masaje sensual, pide el tiempo y el tono. Lo demás no hace falta escribirlo. El cuerpo ya lo trae. La mano que sabe detenerse también lo oye.

 
 
 

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