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¿Quién apaga la luz en un masaje sensual?

Foto del escritor: Gloria Cuevas Gómez.
Gloria Cuevas Gómez.
5 oct
2 min de lectura

La puerta se cierra y lo primero que se negocia no es el ritmo. Es la luz. Alguien te pregunta, bajito, si la dejas prendida. Y ahí se te acomoda el cuerpo antes de que te toquen: porque un masaje sensual no empieza en la espalda. Empieza en si te van a ver.

En casa, con la pareja, la luz suele apagarse por costumbre. No por morbo. Se apaga para no enseñar la panza, la cicatriz, el calzón que no era el de la foto. Aquí la lámpara baja cambia el trato. No es quirófano ni antro. Es esa claridad tibia donde una mano puede equivocarse de camino y tú te das cuenta.

Hay quien pide oscuridad total y luego se arrepiente. A oscuras el roce se siente más grande, sí, pero también te deja solo con la cabeza. Prendida, la luz te obliga a estar. Ves el hombro de quien te atiende, el aceite en el antebrazo, la pausa antes de bajar a la cintura. Esa pausa es la que engancha. No el truco. La espera.

Te recuestas y no sabes qué hacer con las manos. Encima del pecho parecen de velorio. A los lados, de consulta. Si las escondes bajo el muslo, se nota que te da pena. Nadie te corrige. En un masaje sensual serio el silencio también es parte del trabajo: te dejan acomodarte mal un minuto, hasta que el cuerpo se cansa de actuar y se suelta.

Lo que no se dice por WhatsApp cabe en esa lámpara. Que quieres que te miren la espalda sin prisa. Que te da cosa que te vean la cara cuando se te cierra la boca. Que a veces el morbo no es que te desnuden, es que no aparten la vista cuando ya estás desnudo. Pedirlo por texto suena a pedido de app. Decirlo con la luz prendida sale más limpio.

Si llegas en pareja, la luz se vuelve testigo. Uno mira. El otro se deja. O los dos cierran los ojos y entonces la escena se parte: cada quien siente su propio masaje y el de al lado. No hay coreografía. Hay un cuarto donde nadie está haciendo scroll. Eso, en la Ciudad de México a las ocho de la noche, ya es raro.

Apagarla a la mitad también dice algo. No siempre es vergüenza. A veces el cuerpo ya entró y la vista estorba. La mano sigue el mismo camino, más lenta, y tú dejas de vigilar si se te marca la respiración. El masaje tántrico juega con eso: presencia, no espectáculo. Si alguien te apura a cerrar el show, el lugar no está leyendo el cuarto. Está cobrando el reloj.

Cuando se acaba el tiempo, la luz se siente distinta. Más de pasillo que de cama. Te vistes con la misma lámpara que hace un rato te dio permiso. Nadie te pide reseña ni cara de éxtasis. Sales a la calle con el aceite todavía en la muñeca y la pregunta sin contestar: si la dejaste prendida para ver, o para que te vieran. Las dos sirven. La segunda es la que se queda.

 
 
 

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