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¿Qué borra del chat y pide ya en la camilla?

Foto del escritor: Gloria Cuevas Gómez.
Gloria Cuevas Gómez.
hace 7 días
3 min de lectura

El chat se queda en lo fácil. Hora, zona, un 'estoy libre'. El pulgar se queda encima de la otra frase, la que sí quería salir, y la borra. Tres puntos. Nada. Así llega mucha gente a un masaje sensual: con el mensaje educado mandado y el otro, el de verdad, atrapado en el borrador.

No es que no sepa qué quiere. Es que nombrarlo por WhatsApp se siente a desnudo antes de tiempo. En el chat cabe 'discreto'. No cabe 'quiero que no me preguntes'. Cabe 'una hora'. No cabe 'quiero que la mano se quede donde se queda y que nadie lo convierta en chiste'. El morbo vive en esa distancia. Lo que se escribe y lo que se traga.

Lo que el chat aguanta y lo que no

Por mensaje se pide lo que se puede borrar sin pena: disponibilidad, si hay lugar, si es privado. Se manda un emoji y se finge que con eso ya se dijo todo. El cuerpo llega con otra lista. Quiere que no hablen tanto. Quiere que alguien note el hombro duro y no lo convierta en consulta. Quiere que lo miren un segundo de más y, al mismo tiempo, que no le pidan que explique por qué se le subió el calor.

Hay quien escribe 'quiero relajarme' y en la camilla se le nota otra cosa: la respiración que se corta cuando la palma baja de la espalda a la cintura. Hay quien pide 'normal' y se queda quieto esperando que lean el silencio. El masaje sensual no es adivinanza, pero sí es el sitio donde por fin se puede decir en voz baja lo que el chat no aguantó.

La vergüenza no es por el deseo. Es por dejarlo escrito. Un mensaje se reenvía, se screenshot, se queda. Una frase dicha con la cara contra la sábana se queda en el cuarto. Por eso tantos llegan con tono de trámite y, a los diez minutos, la voz cambia. Ya no negocian. Piden.

Cuando la puerta cierra, sale lo borrado

El pedido real casi nunca es una lista sucia. Es más torpe y más honesto. Más lento. Que no corran. Que la mano no se retire en cuanto el cuerpo reacciona. Que haya permiso para no hablar. Que si se le escapa un suspiro no le pregunten si está bien, como si el morbo fuera un accidente.

Otros quieren lo contrario y tampoco lo escriben: que los miren. Que no apaguen todo. Que el masaje no sea un truco a ciegas, sino alguien presente, con ritmo, que note dónde se tensan y dónde se sueltan. El celular se queda boca abajo en la silla. Ahí se acaba el borrador. Lo que no se mandó tiene que salir por la boca o por cómo se acomodan en la camilla.

Hay un minuto incómodo, siempre. El de 'puedes bajar más' dicho a medias, o el de una mano que guía la otra sin frase. No hace falta narrar el acto. Se entiende. El que borró el mensaje no quiere un instructivo. Quiere que el cuarto aguante lo que el chat no aguantó, y que nadie lo haga sentir ridículo por haber tardado tanto en decirlo.

Lo que sí se puede pedir sin novela

Sirve decir poco y claro. Más despacio. Ahí no. Sigue. No hables. Mírame. No hace falta un párrafo. El masaje sensual se acomoda con esas cinco palabras mejor que con un audio de dos minutos que después se arrepiente de haber enviado. La primera vez se queda corta en el chat y larga en la cabeza. La segunda ya sabe que el pedido cabe en una frase, dicha cuando la piel ya está tibia.

No hace falta soltarlo todo al entrar. Hay quien necesita los primeros minutos de espalda, cuello y aceite para que la lengua se le suelte. Empujar el pedido antes de que el cuerpo llegue suele salir falso. Mejor un silencio corto que un guión aprendido.

El after es otro mensaje que no se manda. El 'me quedé con ganas' se queda en el elevador. El chat de salida vuelve a ser educado: gracias, llegué, quedó bien. El cuerpo todavía trae el ritmo. Lo que no se escribió antes, tampoco se escribe después, y la próxima vez se repite el borrador.

Si ya sabes qué ibas a mandar y lo borraste, no lo conviertas en novela al llegar. Dilo corto, cuando la puerta ya esté cerrada. El masaje sensual aguanta esa frase. El chat, casi nunca.

 
 
 

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