
¿Roma Sur se queda callada cuando empieza el masaje sensual?

Roma Sur no te recibe con letrero. Te recibe con el semáforo en ámbar, un portón que tarda un segundo de más y esa duda de si tocaste el número correcto. El masaje sensual empieza ahí, no en la camilla. Empieza en el pecho, cuando la calle todavía se oye y tú ya no quieres que se oiga.
Hay quien llega con la chamarra puesta y la mandíbula apretada, como si el tráfico de Insurgentes se le hubiera quedado en el cuello. No pide un discurso. Pide que alguien cierre. La puerta hace un clic seco. Afuera sigue el claxon. Adentro baja el volumen y sube otra cosa: la conciencia de que te van a ver, y de que esta vez no es tu pareja la que ya no se acerca.
El primer roce casi siempre es tonto. Un hombro. La orilla de la muñeca. Te quitan el reloj y de pronto el tiempo deja de ser tuyo. En Roma Sur eso se siente distinto a un hotel de Reforma, donde el elevador te esconde. Aquí la colonia está a dos metros. La banqueta, el puesto, el vecino que saca al perro. El morbo no es la fantasía de una película. Es saber que afuera la vida sigue normal y adentro alguien te está desabotonando con calma.
Te dicen que puedes dejar la ropa interior si quieres. Esa frase suena educada y se siente como un filo. Nadie te apura. El aceite huele a algo cálido, no a consultorio. Las manos bajan por la espalda y se detienen donde el cuerpo ya avisó. No hace falta un mapa. Se nota en cómo se te escapa el aire cuando el pulgar encuentra el hueco de la cintura.
Lo que no se dice en el chat cabe en ese cuarto. Que llevas semanas sin que te busquen la nuca. Que en casa el roce se volvió trámite. Que no quieres hablarlo, quieres sentirlo. Un masaje sensual no te arregla la semana. Te pone la piel en presente. Y el presente, cuando alguien más lo toca con ganas, da vergüenza rica. De la que no se cuenta en la oficina.
Hay un minuto en que abres los ojos y ves el techo, no la cara. Mejor así. La mirada completa llega después, si tú la aguantas. Roma Sur tiene esa luz de casa vieja, no de set. Una lámpara baja. Una sábana que no combina. El cuerpo se afloja más cuando el lugar no parece anuncio. Se oye una moto en la esquina y, en vez de sacarte, te mete más. Estás aquí. Te están tocando. La ciudad no se enteró.
El ritmo no es de catálogo. A veces se queda en los muslos, lento, como si midieran hasta dónde se te corta la respiración. A veces sube al pecho y se queda ahí, palma abierta, sin apuro de llegar a ningún lado. El masaje sensual engancha por eso: no te resuelve el final. Te deja a media gana, con la piel tibia y la cabeza haciendo cuentas de cuándo puedes volver.
Cuando se acaba el tiempo, nadie te da un discurso de despedida. Te pasan una toalla. El aceite sigue en la clavícula. Te vistes con las manos un poco torpes. Afuera, Roma Sur sigue igual: el mismo árbol, el mismo puesto, el mismo semáforo. Tú no. Caminas dos cuadras antes de abrir el chat. No escribes lo que pasó. Escribes la hora. Y en el cuerpo se queda la pregunta que no cabe en un mensaje: quién te va a tocar así la próxima vez, y si vas a atreverte a pedir que no apaguen la luz.
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